Alighieria

Un extracto traducido de 'Les forces', la nueva novela de Laura Vazquez

Originalmente publicado en francés por Éditions du sous-sol, y recién Prix Décembre 2025

Un extracto traducido de 'Les forces', la nueva novela de Laura Vazquez

Las horas eran largas en mi infancia, pero no me maté. Parezco tranquila. De más joven, lo buscaba todo. Y podía quedarme delante de las flores en busca de la escena: un pétalo a punto de caer. Quería escenas. No me entendía a mí misma pero, en mi interior, en las partes sin palabras, poseía un conocimiento y lo rozaba sin cesar. Soy rara. Si en el mercado mi mirada se posa sobre unas huevas de pescado, me detengo y pienso que las huevas de pescado poseen una belleza cercana a la del cielo al atardecer, a la de los rostros infantiles o a la de las bellas artes.

Estamos aquí, sin saber cómo, ni por qué, ni nada. Subvenimos a nuestras necesidades, saciamos nuestros instintos siguiendo los rituales de nuestra especie. Vivimos dentro de estructuras colectivas, y no salimos de ellas. Nuestros ascendientes nos transmitieron la vida y, por tanto, nosotros transmitimos la vida. Puesto que somos la vida, antes de nuestra vida, estaba nuestra vida, y después de nuestra vida, estará nuestra vida. Nuestros átomos formarán nuevas combinaciones e, indefinidamente, nuestra vida tendrá lugar. No tenemos recuerdos de nuestra vida en estado vegetal, en estado mineral, como tampoco tenemos recuerdos del nacimiento de nuestro cuerpo, y esa ausencia no prueba nada. Cuando este tipo de pensamientos aparece en las mentes humanas, no les interesa demasiado, porque, por lo general, los seres humanos piensan en lo que van a comer, en la hora siguiente, en distintos trabajos, en sus relaciones, su reputación, sus posesiones, su apariencia, etc. Los seres humanos vierten sus pensamientos en los de los demás. Vierten su propio mal, su propio bien, en los de los demás. Están modelados por su entorno, y los cerebros segregan pensamientos que fortalecen las estructuras sociales en las que se encuentran. Las personalidades se han formado según estas convenciones. Sin pensarlo, sin saberlo, seguimos la opinión general. Los seres humanos han establecido divisiones, lenguas, países, funciones, leyes, monedas, costumbres, y estas categorías me conmueven. Son conmovedoras como la caligrafía de un niño que no sabe escribir. Dibuja bucles cercanos al sentido, pero no entiende nada.

Vivo en un apartamento que está en un edificio que está en una ciudad que está en un país, y no busco hacer el mal. Y si se cruzaran conmigo, no se fijarían en mí, porque no estoy desfigurada ni apesto, y no voy por la calle levantando los brazos y gritando, no he apuñalado a nadie, soy educada, sé guardar las formas. He sabido comportarme gracias a mi educación, y a mi padre y mi madre, que son gente normal. La cortesía es un truco que utilizo en los pasillos de mi edificio. Cuando me dicen «que tenga un buen día», no digo «gracias», digo «muchas gracias». Sin embargo, por la mañana y por la noche, se me ocurren ideas infernales que me perturban, pero las sigo hasta el final, al contrario que la mayoría de las personas, que se interrumpen, porque las personas crean pensamientos que interrumpen, e interrumpen los siguientes, sin prolongar el embrión de pensamiento, que muere, lo que me parte el corazón, porque aceptan los pensamientos muertos, los pensamientos ya hechos, venidos del exterior, y en cierto modo, las entiendo. No podría vivir sola en el bosque, porque necesito comida, y me aseo y me visto. En el pasado, decidí no salir más de mi apartamento, puesto que el mundo me molesta. Pero sentí un hormigueo en la cara, y cada vez más pesado, cada vez más abstracto, algo no iba bien, y mis pensamientos sufrían. Cuando los pensamientos sufren, no es bueno. Pero ¿salir y hablar, o simplemente observar el mundo, es algo bueno? En la Tierra hay estupidez y maldad. Descubrí la estupidez y la maldad a lo largo de mi vida, de mis encuentros y de las historias que conocía a través de mis pantallas o de los libros. Estoy aquí. Nadie me mira en este momento. Cuando los humanos no me miran, a veces siento como una mirada. Hay un secreto en las cosas y el secreto de las cosas adopta la forma de las cosas, ya volveré a eso más tarde. Pero en la escuela aprendemos uno, dos, tres, las fechas, el nombre de nuestros órganos y de las estaciones de la naturaleza; sin embargo, existen más misterios que conocimientos, pero la mayoría de las personas actúa como si no hubiera nada. Por ejemplo, mi padre y mi madre eran, son y serán personas normales, y mi infancia fue normal. Mis padres estaban de acuerdo con el mundo, y hacían suyo el acuerdo general. Además, encontraban bello lo que conviene encontrar bello, como una vista al mar desde un edificio moderno con balcón, en un día de sol. Encontraban feo lo que conviene encontrar feo, como un charco de lodo al borde de la carretera en una zona industrial, en un día de lluvia. Era con ellos con quienes vivía. Y es por ellos por quienes nací. Me acunaron, me lavaron el culo y me enseñaron a, b, c, d, gracias, hola. No obstante, un charco de lodo al borde de la carretera en una zona industrial en un día de lluvia refleja el cielo, y sus movimientos forman una verdad. El charco de lodo al borde de la carretera en una zona industrial en un día de lluvia es una gracia, y a veces la vista al mar, desde un edificio moderno, en un día de mucho sol, da ganas de morir.

Como las ratas, las comadrejas y los piojos, nací en el mundo tal como se presenta. Seguramente, debí de salir con los ojos abiertos del vientre de mi madre, por su vulva, y ver el mundo y sus contornos. Es lo que nos cuentan. Y por tanto, el mundo, hay que creerlo, y hay que aceptarlo. Pero la mayoría de los humanos van más allá: aman lo que se les da. Aman la vida tal como se les aparece, puesto que es su vida. A causa de este sentimiento de posesión, dicen «mi vida», y aman a esa familia, porque es su familia, a este país, porque es su país, a estos orígenes, porque son los suyos, y algunos llegan a amar su región, su barrio, su signo del zodiaco, su orientación sexual y cantidad de otras categorías, puesto que los contienen. Y yo pensaba, me decía, podrían amar cualquier cosa. Aman cualquier cosa. No aman. Nacen y se convierten instantáneamente en el lugar de inscripción de estructuras y formas. Los seres humanos con los que me cruzaba, todos los que conocía, eran el resultado de su entorno, de sus genes, de su educación y de sus experiencias. Se comportaban según sus propias circunstancias y sus propias limitaciones.

Mi madre, por ejemplo, no tenía preferencias personales ni puntos de vista. Si hacía bueno, mi madre decía: «Hace bueno». Y si llovía, mi madre decía: «Llueve». Antes de limpiar una habitación, decía: «Voy a limpiar tal habitación». Una vez que la habitación estaba limpia, mi madre decía: «Esta habitación está limpia». Era así para todo. El arroz está cocido. La mesa está puesta. Tu chaqueta está arrugada. Hoy hace frío. Las noticias no son buenas. Hay guerras. El mundo va mal. Ya no queda agua en la botella. Termino tarde. Ya son las ocho. He pagado el alquiler. No nos queda nada. Es el final del invierno. Tu padre está en el trabajo. No estás bien peinada. Te peino. Estás bien peinada. Ella constataba. El precio de la pasta sube. Estamos en números rojos. He cerrado las persianas. Cae la noche. El mundo era tal como era. La boca de mi madre era un aparato para reflejar el mundo. Su ausencia de pensamiento personal confería a la realidad una dimensión casi metafísica; mi madre podría haber dicho: una manzana es una manzana, una lámpara es una lámpara, los objetos están dotados de atributos específicos irrefutables y el Universo existe, el Universo existe independientemente de la opinión que uno pueda tener de él, y cada cosa es tal como es. Había construido, con mi padre, con mis tíos, mis tías, mis primos, con los vecinos, las vecinas, con los antepasados, con todos los humanos, una realidad completa y lisa dentro de la cual vivíamos. Pero la vacuidad de su palabra no le bastaba. Y cual caballero del vacío, mi madre duplicaba la realidad. Pegaba etiquetas en los objetos. En el armario de la ropa, en cada estante, pegaba una etiqueta: «sábanas», «toallas», «mantas», como si nuestros ojos no fueran suficientes, como si el mundo no fuera suficiente. No era la única. A menudo se ven, en las casas o los apartamentos, letreros que indican el nombre de las estancias. La palabra «aseos» en la puerta de los aseos, en un apartamento de dos habitaciones o en un estudio. O la palabra «cocina» en grande en la pared de la cocina. O la palabra «dormitorio», en letras de madera sobre la puerta de un dormitorio. He ahí los cadáveres de las cosas. En las palabras «cuarto de baño», pegadas en la puerta del cuarto de baño, el cuarto de baño está muerto, se nos presenta su cadáver. Y esto va más lejos, porque las manías humanas van sin cesar más lejos, y algunas personas escriben en la pared las emociones que se ordenan sentir. He visto en apartamentos las palabras: «felicidad», «sonrisa» o «gratitud», en las paredes. La mayoría de las veces, estas necedades se presentan en su forma inglesa: «happiness», «love», «smile», encima de la cama, en el pasillo o en el felpudo. Estos cartelitos suelen fabricarse en cadena en factorías, y los obreros de esas factorías seguramente no viven momentos ligados a esos conceptos, pues las enfermedades mentales, y en particular la depresión, han aumentado cerca de un setenta por ciento en los últimos años. Y el suicidio es una de las principales causas de mortalidad en los países que contienen casas familiares dotadas de paneles de «happiness», «love», «smile every day». Nacemos y la lengua ya existe. Conecta al individuo con la vida colectiva. Los seres humanos imaginan el lenguaje como un aparato capaz de producir verdades. He aquí su lógica: si escribo «happiness» encima de mi cama, la felicidad aparece. El cuarto de baño existe, pero quiero que exista a través de mi palabra, quiero que exista mejor. Escribo «cuarto de baño» en la puerta del cuarto de baño. Lo escribo y me gusta. Puesto que me gusta, es bueno. El mono, el gato, el dromedario y la yegua son incapaces de alcanzar el mundo que yo creo. Los humanos someten el mundo. Estructuran, inmovilizan. Imponen su orden y acaban por creer que ese orden es el de la naturaleza. La materia une los átomos en moléculas. Une las moléculas en células y las células en órganos, en cuerpos, y esto forma los conjuntos. Esos conjuntos crean las estructuras consolidadas. Esto conduce a las relaciones de dominación, a la voluntad de tomar y guardar para uno mismo, a los genocidios, al nepotismo, y a la amistad, a la confianza, la compasión, la mansedumbre, y todos los elementos eran cosas ante mi madre. El cielo o yo éramos cosas ante mi madre. Y la realidad nos rodeaba. E incluso en su sonrisa, porque sonreía mucho, soltaba muchas risitas, e incluso cuando nada se prestaba a ello, destruía la verdad. Por ejemplo, por la noche, su cabeza aparecía en el resquicio de mi puerta y decía: «Está todo oscuro aquí», y acompañaba esta frase con una risita. O, si no, comíamos sopa y, mientras removía el líquido insípido, podía decir frases como: «Está bien caliente», seguida de una risita. Una tristeza secreta se esconde en esas risitas, como el malestar se esconde en los sonidos que salen de las pantallas en los autobuses, en las calles, en las casas; mi madre soltaba una risita para encubrir el malestar, y eso me hería. No tenía ninguna gracia. Ninguna gracia. Ninguna gracia. Ninguna gracia. Puedo escribirlo quinientas veces. Si está oscuro y enuncio los sonidos que componen la frase: «está oscuro», no tiene gracia. Y por tanto, es una mentira si me río. Reír o sonreír en la mentira equivale a acercarse a un bebé recién nacido y gritarle: «¡muere!», porque es traicionar la vida. Y me preguntaba si mi madre era una cosa de la naturaleza o de la cultura, una cosa reproductiva llamada mamá o llamada mujer o llamada señora, y luego no me decía nada. En semejante intensidad de aburrimiento de mierda, me sentía viva en un mundo de muertos. A medida que crecía, constataba la sumisión a semejante intensidad de aburrimiento de mierda, me sentía viva en un mundo de muertos. A medida que crecía, constataba la sumisión a la opinión, la adhesión pasiva a los eslóganes, la repetición de los prejuicios, la cháchara vacía, y la pena se depositaba en mí, formando montones, pirámides o cristales. Tanto que a veces me quedaba delante del espejo mirándome los ojos hasta que soltaban lágrimas. Los recuerdos difunden manchas de tinieblas en el fondo de la persona. La pared de mi apartamento está constelada de relieves que conozco de memoria. Mi rostro es sencillo. Tengo un volumen y este es mi cuerpo. Mis manos escriben. Hay ruido en mi calle. A veces, nieva. A medida que se derrite, la nieve dibuja manchas en el suelo. No tengo amigas. No importa.